jueves, 14 de julio de 2011

El destino tiene un comienzo y un final.

Maldigo aquel día tanto como me gustó, fue el principio de una pesadilla que aún a día de hoy vivo con dolor.
Era un día normal, yo cargado de entusiasmo y tensión,
un día en el que iba a donde me pensaba que mucho me aburriría,
desde muy pronto estuve recorriendo el comienzo... y no lo sabía.
Me acompañaba una presencia brillante para aquel entonces...
La orientación, el destino, o algún perverso dios aburrido marcó
que fuera en una dirección.
Nublado por la confusión de mi introversión junto a mi constante agitación vi abrirse una ventana, acompañada de un brazo que marca lo incómodo de la situación...
En ése momento me quedé cegado como si mirara al sol, se formó un tirón gravitatorio parecido al de una constelación, pero como ingenuo pecador poco sabía lo que me fascinaría y aún con oportunidades no me alejé como debía.
Renuncié a mi monotonía, el sol sólo salía y luego se escondía, yo lo sabía pero aún así ilusión tenía.
Con el tiempo me di cuenta y comprendí que el sol sólo tenía luz para las demás estrellas, en las sombras permanecí dejado de su luz y calor.
Aún hay momentos en que el frío se acumula en mi pecho, el sueño no hace visitas en mi lecho, de nada sirve leer o jugar, ya no me divierto.
Es verdad camino a oscuras, a tientas, no sé hacerlo, sólo sé que muero si no lo intento.

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