domingo, 23 de septiembre de 2012

En las alturas, entre las nubes, en...


La atalaya del pensamiento, cada noche la visitaba un hombre de ojos cargados de un pasado que luchaba por fluir por sus mejillas. Allí en las alturas miraba cuanto había a su alrededor, bañado por haces de plateada luz o inmerso en la magnificencia de la oscuridad, escuchaba voces bonitas que le inspiraban a llevar nuevos días, autoconvencíase de que el próximo sería mejor, cada noche energía para un nuevo día. Bocanadas de blanca autocomplacencia.
Allí sentado en las alturas sonreía al recordar las vidas de quienes ayudaba, egoísta en su buen actuar y vampiro de sentimientos y del ajeno pesar, cansado de todo luchaba por mantener la chispa en su corazón que infundiera así vida a su cuerpo. Se miraba constantemente al espejo y no veía más que un mecanismo inútil, de nada le servía, su mente había abandonado los placeres que la naturaleza ofrecía, frutos caídos a su alrededor que miraba y no quería, el sentimiento de soledad es grande en los corazones que no entienden de amor.
Escribiendo lo que brota del corazón, como cortar brotes de hojas con la esperanza de que salga una nueva flor, brotes y más brotes, cortar, y nuevos brotes, no se dignaba a colmarlo la felicidad con su presencia, siempre de nuevo a cortar.